La Orquestra de la Comunitat Valenciana vuelve a Palau Altea con una cita que mira de frente a dos obras muy distintas y, a la vez, muy complementarias. Bajo la dirección de Anja Bihlmaier, la formación propone una velada que abre con Cuadros de una exposición y sigue con la Sinfonía n.º 5 de Chaikovski, dos partituras que exigen precisión, contraste y una lectura capaz de sostener tanto el color orquestal como la tensión dramática.

Más allá del atractivo del programa, el interés está en la combinación de una orquesta de referencia con una directora que ha ganado peso en el circuito internacional por su claridad y su control del detalle. ¿Qué puede salir de ahí? Una lectura muy atenta del timbre, de los cambios de carácter y de esa energía contenida que hace que estas obras sigan funcionando en sala con tanta fuerza como en el papel.

Una orquesta con recorrido y un sello muy reconocible

La OCV es la formación titular del Palau de les Arts y uno de los nombres más sólidos de la música sinfónica en la Comunitat Valenciana. Fundada en 2006 por Lorin Maazel, ha ido consolidando una identidad propia gracias a su versatilidad, a su nivel técnico y a una agenda que la ha llevado a trabajar con batutas de primer orden y a moverse con naturalidad entre ópera y concierto.

Desde septiembre de 2025, su director musical es Sir Mark Elder, y esa etapa refuerza una trayectoria que ya había pasado por nombres como James Gaffigan, Omer Meir Wellber o Ramón Tebar. También han marcado su evolución figuras como Zubin Mehta, Riccardo Chailly, Valery Gergiev o Gianandrea Noseda, una nómina que ayuda a entender por qué su presencia en temporada sigue despertando tanta expectación.

Esa experiencia se nota en el tipo de repertorio que aborda. La orquesta no se limita a los grandes títulos más obvios, sino que trabaja partituras exigentes de muchos estilos, con una especial afinidad por el sinfonismo centroeuropeo, el repertorio ruso y los grandes poemas sinfónicos. En una noche como esta, esa amplitud de registros es parte del atractivo.

Anja Bihlmaier, claridad y pulso dramático

La dirección de Anja Bihlmaier añade un interés propio al concierto. Principal directora invitada de la BBC Philharmonic, la maestra alemana se ha hecho un nombre por una forma de dirigir que prioriza la transparencia, la concentración del discurso y la tensión bien medida. No necesita exceso de gesto para dejar huella.

Su repertorio encaja muy bien con el programa de Palau Altea. Bihlmaier trabaja con naturalidad en territorios que van de Haydn y Bruckner a Mahler, Sibelius, Bartók, Debussy o Shostakóvich, y también ha pasado por grandes teatros y orquestas de Europa, Norteamérica y Australia. Esa amplitud le permite abordar Cuadros de una exposición y la Quinta de Chaikovski sin convertirlas en dos monumentos intocables, sino en música viva, muy construida y con margen para la sorpresa.

Además, su perfil encaja especialmente bien con una obra como la de Músorgski en la orquestación de Ravel, donde el detalle tímbrico es casi tan importante como la línea general. Y en Chaikovski, donde el famoso motivo del destino atraviesa toda la sinfonía, una batuta con pulso narrativo puede marcar la diferencia entre una lectura correcta y una de verdad convincente.

Dos obras, dos maneras de contar una historia

Cuadros de una exposición sigue siendo una de esas partituras que nunca pierden interés cuando pasan a manos de una gran orquesta. Nacida como pieza para piano y transformada después por Ravel en un despliegue de color, la obra convierte cada número en una pequeña escena, con cambios de atmósfera que van del juego a la solemnidad y de la ironía a la expansión lírica.

Frente a ella, la Sinfonía n.º 5 de Chaikovski ofrece otra clase de viaje, más unitario y más emocional. El célebre motivo del destino reaparece a lo largo de toda la obra, cruza el Andante, se relaja en el vals y regresa con fuerza en un final que transforma la oscuridad inicial en una marcha triunfal. Precisamente ahí reside su poder: en la manera en que la música avanza de la duda hacia una afirmación luminosa.

Juntas, las dos piezas construyen un programa muy bien pensado para el directo. Una pone el acento en el color y la sucesión de imágenes; la otra, en la tensión interna y en la arquitectura de largo recorrido. ¿No es ese contraste lo que hace que una velada sinfónica merezca de verdad el desplazamiento? Aquí, desde luego, hay materia de sobra para salir con esa sensación.

Una velada para escuchar con atención

La propuesta funciona también por su equilibrio entre acceso y exigencia. Son obras muy conocidas, sí, pero ninguna de las dos se agota en la familiaridad. Cuanto mejor se tocan, más matices aparecen: en la forma de enlazar los episodios de Músorgski, en la respiración de Chaikovski, en la manera de sostener la tensión sin perder elegancia ni claridad.

Por eso este concierto interesa tanto a quien sigue de cerca la programación sinfónica como a quien busca una primera aproximación seria a la gran orquesta. La OCV llega con un repertorio que le sienta bien, y Bihlmaier aporta una mirada que encaja con la idea de escuchar cada detalle sin perder la visión de conjunto. En una sola noche, el programa ofrece contraste, densidad y una lectura muy directa del gran sinfonismo europeo.